sábado, 13 de noviembre de 2010

Make light. A tu modo.


Un orgasmo recetado.

Ideas de vocablos desconocidos.

Seducción nunca abiertamente jugada.

Capacidades de confusión.

Llamados necesarios.

Relaciones turbias.

Más seducción inalcanzable.

Poco control de los filtros.

Dios mío, lo que hace el ron.

Eres todo eso y más, y menos.

Justa medida de la percepción contra la globalización.

Un país, un durazno, un carro, un viaje.

Al final, como siempre me recuerdas, defenestración, así sea a diez centímetros del piso.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Stupid Jellyfish




Breve.
Para combatir con poca violencia y un silencioso movimiento hacia adelante:

●Escamar los días. Volver polvo los lunes y recalcar, una vez más,
cuánto ha llegado a detestar(los).

● Dormir a través de la ventana.Servil y repetitiva jornada
que discurre en el recipiente y su líquido sobre la misma medida inocente.
Pajita González.

●La gran esfera de gas acumulada año tras año y su estirada
costumbre de acicalarse frente al espejo cada noviembre.

Y para extrañar hay que volver a caer por esos toboganes flourescentes
y atiborrados de luz. Un punto más para la conciencia.

A punto de eviscerar los contratos firmados el mes aterior, se detiene,
realiza el ejercicio lógico: 1, 2, 3, 4, 5... Mantener. Volver.
Rejurgitar los verbos. Sin justificar los párrafos.
Y de nuevo, sin pertenecer a las partículas de su propio entorno.
Alucinando creaciones. Tragando agua salada por todos sus orificios.
Quemando. Atando a lo más profundo. Temiendo febrilmente a las orillas.

So stupid jellyfish.

lunes, 1 de noviembre de 2010

2 de Noviembre

Vacaciones.
De la mente.
Del cuerpo. De las deudas.
De mi madre. Las caricias. Las no caricias.
De las hipótesis. Los celos. La tranquilidad.
De mi estómago. De ti, de ti y de ti. De ti también, no te hagas.
Del desbalance. Mis ojos. Buscar.
De las noches. Los días. Los atardeceres.
Las meriendas. Los cigarrillos. Las ojeras.
La felicidad. El vino. La tristeza.
El sexo. La necesidad. El recuerdo.
Las citas. Los grupos. Mi espalda.
Los escalofríos. Las nubes. Los cantantes.
Rayuela. Los blogs. Las serpientes.

De encontrar, sobre todo, de encontrar.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Cassiopeia

Mirábanse con tanta intensidad y atención que daban la idea de buscar como resultado la disolución de acuerdos bilaterales entre naciones socialistas, o la posible toma de una villa de inocentes campesinos por la fuerza. La voz de un narrador omnisciente era capaz de detallar sus más minúsculos movimientos faciales y sin saberlo siquiera, eran títeres dirigidos por la actitud de cada palabra zurcida a lo largo de cada oración que les delineaba las comisuras de los labios.

Cabe destacar que al menos eran gramaticalmente estables. Una pareja común de cualidades nobles que comenzaba su romance desde el punto medio de un puente que a su vez, hacía un ameno camino pedregoso sobre un río que parecía estar más compuesto de acuarela que de agua y minerales medianamente salobres.

El viento, una maravilla. Tímidamente se iban reconociendo entre los silencios de su diálogo predecible. Con la ocasión de un almuerzo en fresca compañía de bambúes e insectos cantores, decidieron dejar su romántica posición en la cima del puente e ir por un paseo alrededor del parque más idílicamente ilustrable. Con el ejercicio crecía el apetito de información y comestibles. La cesta oculta misteriosamente en un árbol frondoso y apartado, era parte de la mejor parte del plan del gentil caballero. Una recursión boba que sólo agrega algo de misterio a la trama frondosa que les atañía.

Nuevos datos y risas espontáneas seguidas de rubores. Poco a poco se acercaban al sitio donde un fresco vino joven los esperaba, buscando ser el protagonista de una tarde acontecida de caricias y posibles besos sorpresa. El vino, aguardando ser bebido, generador de todo el drama posterior a aquél día primaveral y lamentado meses después. El arma secreta del escritor que mientras hablaba de su consumo, se mordía y relamía los labios, esbozando una astuta sonrisa al saber que las consecuencias de este acto desatarían finalmente la trama genial de su novela, el mayor logro de su carrera de escritor no estudiado, el próximo nobel lo más seguro.

El mundo que nunca supo absorber el rayo de virtud que lo lavaba cuando él decidía prestarle atención y dedicarle un saludo cortés, sería finalmente apabullado por la bofetada magistral de su creación intelectualmente lujosa. Y cómo no, con oraciones tan largas y complicadas de hilar. Es sabido que el ser enfático en el proceso de exponer las virtudes de creación literaria, asegura (al menos a escritores y cineastas) el éxito rotundo en lo que a popularidad se refiere. Una vez sabido, por lo tanto, es aplicado.

Y qué dicha si más cosas sabidas funcionaran del mismo modo, así requiriesen de una anormal arrogancia en su proceso de exposición, para finalmente llegar al punto de la aplicación sedosa como de pomada para golpes. Qué sentimiento tan completo el de vivir a través del bienestar que genera la seguridad personal, las ideas claras, el suelo que no se mueve. No importa tanto la falta de una sazón exótica si siempre se tiene a la mano algo de sal que aumente la sensación de vida en las papilas gustativas del usuario, sin importar si dichas papilas están en los ojos o en los dedos o en las exigencias de una conciencia altruista o en los oídos educados a lo Tchaikovsky.

Atrapado en tales pensamientos, el caballero de traje veraniego untaba lentamente la mantequilla sobre la primera rebanada de pan fresco, mientras miraba de reojo y con algo de culpa el ceviche preparado por su mujer. Compartirlo con quien pretendía sin saberlo ocupar el espacio amoroso de lo prohibido, cerraba con el primer sorbo de tinto dos cosas de un solo tiro: la traición y el título del libro. Algo casi tan mágico como una constelación aguardando ser descifrada una noche cualquiera.

Alergia.



Si nos justificamos mutuamente, me atrevo a confirmar, nos colamos entre fluidos ajenos y dejamos de importunarnos con frases caóticas.

Hablando de atar el cable a tierra. Hoy, hace calor. Nada más terrenal que el agudo subir de la temperatura a mitad del día y el destronante y brusco descenso casi accidental con que se deja caer sobre las habitaciones. Casi en reparo de algún descuido o alguna tímida protesta por tanto alboroto diurno.

Un llamado a los brazos del día. Confianza. Caer de pronto, felizmente capaz de creer en el soporte. Disfrutar de la vista al cielo raso sin nubes.

Yara, ta ta.

Por queja conocemos lo eterno y basta con una mirada fugaz al suelo para entender las causas de tanta incoherencia. Nadie quiere caer en realidad. Ni esperar tres días enteros por un sonido concertante. Convertimos todo en un pasamano. Soportes, reposos. Llanuras, qué amenas.

Las razones por las que no podemos controlarnos insisten. Pero hay escasos recortes de propuestas terminales regadas todas sobre el suelo al que nos resistimos. Venir.

Ir, por ende, bastante improbable.